Nuestra Espiritualidad
Del silencio a la misión: espiritualidad carmelitana
La espiritualidad carmelitana es, ante todo, una manera de vivir el Evangelio inspirada en los grandes santos del Carmelo. Además, se fundamenta en tres experiencias esenciales: primero, el encuentro con Dios en lo profundo del corazón; segundo, la relación viva con Cristo del Evangelio; y por último, el compromiso con la Iglesia y su misión.
Oración y servicio, fraternidad que transforma.
Nuestra tradición mística nos cuestiona

Nuestra tradición mística no solo nos da identidad, sino que también nos conecta con nuestros santos. El Carmelo vive, por un lado, entre dos llamados: la soledad y la oración que buscan a Dios, y, por otro lado, el compromiso realista de servir a la Iglesia y a los pobres. Fiel a este origen, la Orden cultiva la fraternidad que nace de la escucha de la Palabra, la cual, a su vez, nos impulsa a humanizar la vida y así ser presencia viva del Evangelio en el mundo.
¿Y a qué estamos llamados los carmelitas?
Los carmelitas estamos llamados a responder a la sed de Dios en el mundo actual, ofreciendo caminos que acerquen a una relación más profunda con Él y con los demás. Así, toda la familia carmelitana —religiosos, religiosas y laicos— se compromete a vivir una espiritualidad evangélica auténtica. Como recordaba el P. Camilo Maccise, siguiendo a Teresa de Jesús, estamos invitados a ser testigos de la presencia de Dios en nuestro interior, en las personas y en el corazón del mundo; a vivir como hijos de la Iglesia de nuestro tiempo; y a ser contemplativos en la realidad, descubriendo a Dios en cada acontecimiento.

Vivir la espiritualidad de hoy

La espiritualidad carmelitana hoy se vive como experiencia de Dios y comunión con Él, a través de Jesús que salva y libera. Se expresa en la fraternidad que humaniza, en la oración que abre a la trascendencia, y en la contemplación de la historia desde la cruz y la resurrección como fuente de esperanza. Desde la sencillez y el desprendimiento, nos impulsa a la misión y al servicio, enviándonos al mundo como testigos de Cristo, luz de la humanidad.
